12-hombres-sin-piedad_cartel«Por una u otra razón los prejuicios siempre buscan la verdad. Una verdad que yo desconozco y que es probable que nunca conozca». La frase es el del jurado nº 8 de la magnífica, y a veces artificiosa, película 12 hombres sin piedad. El excelso ejemplo de la mayéutica de Henry Fonda que pretende debatir lo que es una verdad templaria para los once jurados restantes: el muchacho ha matado a su padre y debe ser condenado a la silla eléctrica.

Yo soy abogado penalista, yo defiendo inocentes y culpables, yo nunca he ejercido de acusador y yo nunca he representado a alguien sobre el que albergaba el convencimiento de que había cometido un homicidio o una violación. Un hombre ha de tener sus códigos. Al menos un par. Por todo ello yo estoy legitimado para escribir este artículo.

En esa misma semántica jurídica y de nuevo sobre la película, les pongo en breves Antecedentes de Hecho. En una sala de los juzgados de Nueva York, probablemente durante el día más caluroso del año 1957, se reúnen los miembros de un jurado para dictaminar la culpabilidad o inocencia de un chico que es acusado de clavar un puñal a su padre en el pecho. El film deriva de una obra escrita por Reginald Rose para televisión en 1954 y la adapta al cine Sidney Lumet en su debut, uno de la terna de mis directores favoritos. Aprovechando la cita, me permito apuntar tres de sus obras, Network, El veredicto y Antes de que el diablo sepa que has muerto. El que nos ocupa es un largometraje de hora y media que ilustra las unidades aristotélicas de acción, tiempo y lugar, con tan solo dos planos fuera del pequeño espacio de deliberación. Uno inicial en el que vemos la cara de sopor del juez mientras da las instrucciones para el debate y posterior voto, que termina con la imagen del niño, ya adulto por esas cuestiones biológicas a los dieciocho años; otro final donde los jurados salen tras el veredicto por las escaleras del edificio sin despedirse, que termina con el nº 9 dando la mano al ya citado nº 8. En clave cinéfila destacar el encuadre cambiante que, después de unos ángulos generales de la sala en el primer tercio del film, clava la cámara en los ojos de cada uno de los actores acompasando la harmónica que marca cada giro de guion. El director logra así que el espacio físico, que incide en el vital de los personajes, sea cada vez más opresor. La película fracasó en la taquilla de su época. Después estuvo considerada a tal nivel que le salieron remakes rusos, mexicanos y hasta españoles. En 1973 se rodó una versión todavía más teatral cuyo rostro célebre era el del difunto Jesús Puente, un tipo que si ya tienen mi confusa edad donde no se sabe si mirar a los veintitantos o a los cuarenta, recordarán de Su media naranja. Así fue.

Pero el quid, como en cualquier fallo judicial, está en los Fundamentos de Derecho. Al menos lo que me servirá para un artículo que pretende ir más allá de la recomendación sobre una buena película de tesis. Los doce hombres sin piedad, que en el título norteamericano simplemente estaban enfadados ―12 angry men―, querrán condenar al acusado sin una duda razonable. Esa reasonable doubt se traduce en nuestro Derecho con el latinismo in dubio pro reo. No son sinónimos, aunque siempre han querido funcionar como tales. Sidney Lumet abre el diálogo con el acuerdo unánime de culpabilidad que requiere de un voto rápido para salir cuanto antes de la bochornosa sala. Entonces Henry Fonda dice que no está convencido… El caso es arquetípico: chaval de barrio marginal, maltratado desde la infancia, con largo historial delictivo, que vuelve a casa a las tres de la mañana encontrándose el cadáver del progenitor con quien se había peleado sobre las 10 de la noche. A partir de esa hora  las versiones de cargo y descargo difieren. El anciano que vive en el piso superior dice escuchar un «te mataré» berreado por el muchacho y después varios golpes, una vecina dice ver a través de la cristalera del edificio de enfrente cómo el enjuiciado hunde la hoja de metal en el tórax, y un tendero dice vender ese día una navaja al chico igual a la que arrancan del muerto. Todos dicen; él niega. Según su versión, perdió la navaja al salir después de que su padre le golpease y entró en el cine en el horario dónde se produce el homicidio. No tiene testigos que lo apoyen.

Quiero atribuirle al menos una cualidad a cada miembro del jurado, porque, aquí es dónde radica la seminal influencia de la obra, son todas personas normales.

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Nº 1: corrección.

Nº 2: ingenuidad.

Nº 3: rabia.

Nº 4: soberbia.

Nº 5: empatía.

N º6: inhibición.

Nº 7: estupidez.

Nº 8: duda.

Nº 9: experiencia.

Nº 10: prejuicio

Nº 11: respeto

Nº 12: ligereza

Y acorde al debate posterior entre ellos voy a establecer tres puntos.

El primer punto: a casi nadie le importan las consecuencias. La decisión de estos hombres va a mandar a la silla eléctrica a un chico de dieciocho años y tan solo por ese motivo el nº 8 pide que «hablen un rato del tema». El resto de jurados oscilan entre el enfado y el extrañamiento porque se planteé tal cuestión en una caso obvio.

El segundo punto: la presión del grupo influye en las decisiones individuales. Henry Fonda admite que, si todos los que han votado a mano alzada que es culpable vuelven a repetir ese veredicto apuntándolo en un papel anónimo, él acatará la sentencia. Después del voto secreto aparece un «no culpable» más. Ya hay debate.

El tercer punto: el que duda es más justo que el que actúa. Recordemos el atributo que le doy al famoso nº 8: la duda. Estoy seguro de que muchas críticas le otorgarían la cualidad de «razonamiento», «inteligencia», «liderazgo». Y no, la base de la justicia penal es la capacidad de dudar. Ante un caso que aparentemente era sencillo, él recoge el mandato del juez y expresa sus tribulaciones. ¿Y si hay más navajas como la que mató al hombre? Los otros jurados se ríen hasta que él clava en la mesa una idéntica a la del homicida, la ha comprado en una tienda cualquiera al salir de una de las seis sesiones del juicio. ¿Y si el anciano que vive arriba no ha distinguido las palabras de ese grito o ni siquiera puede atribuírselo al muchacho? Los otros jurados no entienden cómo se puede equivocar hasta que él simula la misma cojera del testigo y con el croquis de la vivienda demuestra que no puede llegar antes de 43 segundos a la habitación desde la que escuchó la amenaza. ¿Y si el testimonio de la mujer que ve el apuñalamiento a través de la ventana no es infalible? Los otros jurados no reconocen ninguna causa de falibilidad hasta que, ahora el nº 9, recuerda que la mujer tenía la misma marca en la nariz de las gafas de ver que justo el nº 4 se acaba de quitar.

No voy a diseccionar el final de la película. Tal vez el chico fuese probablemente culpable, pero los cálculos matemáticos aplicados como el Teorema de Bayes siguen y seguirán siendo algo ajeno al derecho. De momento creo que es lo mejor. En cambio, sí que voy a diseccionar tres grupos dentro del jurado: los que atienden a los distintos argumentos, los que solo quieren salir de allí cuanto antes sin importarles el veredicto y los que creen que la pena debe imponerse no por el hecho, sino por el autor. Y lo han adivinado, eso sigue sucediendo en el 2016.

 

Dejemos el Nueva York de los años cincuenta y acompáñenme hasta nuestros días en el Estado español.

Les sirvo otros Antecedentes de Hecho. 5171 jueces son los que teníamos el año pasado según la memoria del Consejo General del Poder Judicial. Hacen una proporción de 11,2 jueces por 100.000 habitantes, que es curiosamente el mismo ratio por el cual se estiman las personas presas, ahora unas 133 por 100.000 que nos sitúan lejos de la época de mayor encarcelamiento de nuestra historia hace escasamente seis años. Siguiendo con los fríos datos y en comparación con Europa, hay un 50% menos de jueces que en la media comunitaria… y un 32% más de presos. Pongamos el guarismo que califica a la ecuación de desoladora: nuestra tasa delictiva es un 27% inferior a la de esos mismos vecinos europeos. Hay pocos jueces que encarcelan mucho tiempo a pocas personas. Nuestros reclusos pasan más años que nunca encerrados. Sobre el jurado, desde su reinstauración en 1995 y tras una inflexión tres años más tarde, en la actualidad tenemos la cifra anual más baja de este tipo de procesos, 364 concretamente. Como cliché sigue siendo de su competencia el asesinato, pero se complementa con una retahíla de delitos bastante técnicos, a modo de ejemplo: exacciones ilegales, cohecho, malversación de caudales públicos o tráfico de influencias. El legislador quiso vincular a la función política con la justicia ciudadana. Una solución zaherida por la lógica incomprensión en las personas legas de ilícitos de marcado carácter mercantil, y que además las propios jueces fueron asumiendo en cuanto había otro ilícito conexo asociado y que, por supuesto, no se encontraba en la lista de competencias del jurado. La idea es discutible desde el punto de vista jurídico, sin embargo, la realidad que ofrecen las cifras es que nos hurtan la capacidad de juzgar. Y esta es la idea de independencia judicial que tienen los ciudadanos aquí.

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Los Fundamentos Jurídicos en el entorno del Estado español han de remitirme al título del artículo. La piedad no es un instrumento reconocido en la justicia. Podemos decir sin rubor que está vetada y que el indulto es una concesión del gobierno, del cual ya sabemos ciertos criterios al respecto. No obstante, como bien expuse, y es algo a lo que nunca nos referimos con la contundencia necesaria, la capacidad de duda es la que legitima la función del juez en el ámbito penal. Por ello quiero recuperar los puntos cardinales que observé en la película.

El primer punto: a casi nadie le importan las consecuencias. El juez se encuentra muy alejado de la ejecución de la pena. Ve a la persona que va a condenar o absolver, al menos de media, una sola mañana de su vida. En la gran mayoría de casos llega de la calle y se pone delante de un micrófono; en los menos, aparece excarcelado, con sus correspondientes esposas y agentes que también lo conducen al micrófono. En una Audiencia Provincial (mayúsculas de praxis forense) puede haber otra media de un juicio cada dos días, en un Juzgado Penal de cuatro al día, y cuando los Juzgados de Instrucción se ponen la toga pueden tenerla, sin rubor, de diez al día. Eso enfrenta a la persona que está ante uno de los momentos más importantes de su vida con el casi entendible hastío funcionarial. Añádanle su buena dosis de ajenidad. Una sentencia te puede enviar para los restos a prisión, pero el que la dicta sabe que pasará a otro juzgado de ejecución que se encargará de aplicarla y que, a mayores, en cada cárcel pueden hacer que cuatro años los pases casi íntegros tras las rejas o los comiences desde la primera semana solo pernoctando en el centro penitenciario. Las Juntas de Tratamiento (mayúsculas iniciales para que no se les olvide su nombre) son un sanedrín compuesto por juristas, psicólogos y educadores sociales que alteran de tal forma la pena impuesta, que vuelven a arrancar al juez el vínculo necesario con su condenado. Así, sé que a muchos jueces les preocupa soltar el mazo como a unos cuantos no lo hace. Y es, precisamente, en la madeja funcionarial consecuente a ese golpe en el taco de madera donde siento que todo se vuelve en gran modo ajeno. Y lo ajeno importa menos. En la película sucedía lo mismo, levantar la mano en una sala privada está muy lejos de apretar, meses o años después, el botón que electrocutará al chico hasta freírle el cerebro.

El segundo punto: la presión del grupo influye en las decisiones individuales. Por el organigrama jerarquizado de jueces este aspecto, si forzamos la comparación, es algo insoslayable. A los juzgados unipersonales los corrigen las audiencias, a las audiencias los Tribunales Superiores de Justicia o el Tribunal Supremo, y si es preciso en uno del 3% de casos que logran acceder, el Tribunal Constitucional corrige al Supremo. Lo cual, créanme, a veces produce movimientos telúricos en nuestra justicia. Y siendo menos artificiosos con el paralelismo empleado en la obra, las audiencias y demás órganos superiores están compuestos de más de un magistrado, siempre número impar. No puedo adivinar cuántos votos particulares de jueces se habrán quedado en la cabeza del disidente por apariencia de sala y por no redactar una sentencia alternativa que se queda en el formalismo. Sin negar valores intrínsecos para el sistema, en la mera estética de la deliberación vacua para el enjuiciado.

El tercer punto: el que duda es más justo que el que actúa. Ya he repetido en el artículo, con esta tres veces como el referente bíblico, que la capacidad de duda es la base de cualquier decisión en el ámbito penal. In dubio pro reo atañe a un principio procesal que ordena absolver en caso de que exista tal tribulación. Pero la patología que aquí se produce nos lleva de nuevo a los fríos datos de los Antecedentes de Hecho de esta segunda parte del artículo. Usualmente solo hay un juez valorando el caso. Y un ejemplo muy gráfico de la necesidad de recursos humanos lo da el jurado nº 9 de 12 hombres sin piedad al ser el único de todos los intervinientes en el proceso que, tras horas de deliberación, advierte que la testigo principal usa con regularidad gafas. ¿Y dónde dejamos al juez que saldría a la calle a comprobar si venden más navajas como la homicida? ¿Y dónde dejamos al juez que simularía la cojera del anciano y recorre así los metros marcados desde su cama hasta la habitación en la que escucha la amenaza? Los dejamos en tierra de nadie, donde nadie pregunta y a nadie le importa. El presupuesto les priva de los medios materiales y el corporativismo, de algunos morales. Hay tantos tipos de jueces como de jurados en la película, tres si recuerdan: los que atienden a los distintos argumentos, los que solo quieren salir de allí cuanto antes sin importarles el sentido del veredicto y los que creen que la pena debe imponerse no por el hecho, sino por el autor. Incluso puede que alguno llegue a permutar las tres posiciones según cómo le ha ido la noche anterior. No frivolizo. Hasta lo comprendo. A eso se le añade un hecho notorio, que conforme el Código Civil ni siquiera precisaría ser probado, su difícil carrera opositora les priva habitualmente de las máximas de experiencia para entender la calle que se han perdido estudiando. No me cansaré de decirlo, un ciudadano tiene el derecho a ser juzgado por los que están en sus mismas circunstancias socioeconómicas. Por iguales.

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Sería capcioso no mentar las continuas alusiones que hace Henry Fonda a la incompetencia del abogado defensor. Pues les digo, con total sinceridad, que si creen que con estos datos es imposible que el sistema funcione, los abogados y fiscales somos igual de responsables en su enfermedad. O más. Aunque eso es otra historia.

Déjenme acabar esta con un nuevo caso. Detenido con un kilo de cocaína oculto en una de las dos maletas que traía hasta el aeropuerto del Prat. En estos supuestos existe una presunción que elimina el trabajo de silogismo a los jueces: si llevas algo en tu equipaje, es tuyo. En toda mi carrera habré defendido a unas cincuenta personas en idéntica situación. La mayoría no niegan que sabía lo que facturaba, una minoría intenta hacer creer lo contrario, pero yo, que estoy dos, tres años y cuatro años trabajando con ellos, no suelo alcanzar su convicción. A veces sí una duda razonable, pero mis dudas no le importan a nadie. Y entonces sucedió, este detenido era un mirlo blanco. Tras seis meses de relación profesional a través de un locutorio comprendí que decía la verdad, que él ni sospechaba lo que transportaba en la segunda maleta que otra persona le había dado justo antes de embarcar. Nunca presenté más pruebas en un juicio. Nunca volví a hacer setenta y tres preguntas. En definitiva, nunca hablé tanto con tanto fundamento en una sala. Yo fui Henry Fonda intentando convencer a toda una sección de una Audiencia Provincial de que esas evidencias ofrecían una duda razonable sobre que el acusado conociese lo que allí llevaba. El problema es que no hubo mayéutica. Cambien el diálogo que han visto en los vídeos por mi soliloquio. A las dos semanas contestan por escrito en seis párrafos que significaron seis años y un día de cárcel. ¿Por qué? Porque a casi nadie le importaba las consecuencias, porque la presión del grupo influyó en las decisiones individuales y porque el Tribunal Supremo les dijo que no dudasen en este tipo de casos. Que actúen como está reglado. Estableciendo una verdad procesal en vez de aspirar a la material. Sin piedad.

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La justicia se representa por una señora con una venda en los ojos y una espada en la mano. Busca una verdad que yo desconozco y que es probable que nunca conozca. Ciega y armada. Aléjense de ella.

 

 

 

José Manuel del Río