Mediados de julio solía ser el momento donde los suplementos dominicales recomendaban un exiguo número de títulos para la lectura veraniega. Ahora, con la avalancha de revistas electrónicas y blogs, tal exigencia se ha elevado al cubo y me acabo de encontrar en una de supuesto prestigio con Las 50 mejores novedades literarias para tus vacaciones reseñadas a unas veinte palabras la obra por el mismo tipo. Sin rubor. Yo opto por una pizca de honradez y apuntar cinco libros con la ventaja de que los he leído. También adjunto fotos de las portadas con un móvil que no llega a smartphone mientras recorría mi biblioteca, que algunos dicen que el libro entra por el ojo. No presento ninguna novedad que salga recién horneada de la imprenta hasta que no finiquite Rendición de Ray Loriga, pero tampoco me pagan por recomendar textos que no leo. De hecho, no me pagan por esto ―he sentido que quería escribir una obviedad―. Así que aprovecho para linkear mis cinco sugerencias del 2016, que continúan pudiendo leerse a 35 grados. A diferencia de aquel artículo, aquí no hay orden jerárquico, solo comienzo por el último que terminé.

La peste escarlata de Jack London (Editorial del zorro rojo)

IMG_20170715_164759El contradictorio escritor californiano ―periodista especializado en boxeo, plagiador ocasional, socialista de prejuicios raciales, ladrón de ostras, policía de ladrones de ostras, ingeniero agrónomo y hasta diseñador industrial― legó en 1912 lo que se conoce como el primer relato de «catástrofes» que nos ubicaba justo en 2013. Una incurable enfermedad, que te enrojece literalmente hasta matarte, ha terminado con la humanidad y apenas quedan unas decenas de personas agrupadas en tribus sobre el planeta. La historia es contada  a sus nietos por el último hombre que resistió aquel apocalipsis. Su descendencia se comporta como harían nuestros ancestros: arrancando vísceras con la boca, esputando bilis, ornamentando collares de piedras y todas esas cosas proclives en torno a una hoguera bajo una piel de oso por abrigo. El libro es de prosa sencilla, pero logra transmitir con eficiencia el desasosiego del anciano y la incomprensión de los niños. Además, no se mete en ningún lío del tipo Julio Verne en cuanto a la representación del momento 2013. La moraleja, cuestión siempre relativa con Jack London, es que la sociedad de principios del siglo XXI era tan excelsa que soterró la ontológica bajeza de la raza humana que, por supuesto, volvió a emerger cuando ya no había policía y mezclo chóferes con patrones industriales ―el delirio es casi literal―. La Carretera de Conrad Mcarthy es tributaria de esta obra seminal del género posapocalíptico. Entre largos párrafos median los dibujos de Luis Scafati, indiscutiblemente buenos, aunque caen en una redundancia narrativa. Y lo último que es importante para estos días de playa: el libro se devora en dos sesiones de tumbona.

La banda que escribía torcido de Marc Weingarten (Libros del KO)

IMG_20170714_230412Voy a ser imparcial a pesar de que el Nuevo Periodismo sea la corriente LITERARIA que más me ha impactado en un determinado momento: el libro es una maravilla. Estaremos de acuerdo en que el ensayo es de lectura más rápida que la novela, pero tal vez discreparíamos si planteo que un libro de 550 páginas también es de lectura rápida. Lo es. El único reproche al recorrido un tanto hagiográfico de aquellos autores es la saturación puntual de nombres y datos, particular inherente al ensayo y que seguramente otros aprecien como yo no soy capaz de hacerlo. Trufado de cortes de los artículos de prensa estadounidense entre 1965 y 1975, semeja una novela coral donde el desenlace es un tanto abrupto para mis expectativas. Por aquí rondan los clásicos Tom Wolfe, Hunter S. Thompson, Jimmy Breslin ―¿para cuándo traducciones?―, Gay Talese, Michael Herr y otros no tan conocidos como John Sack, Joan Didion ―en aquel entonces no tan conocida― o Gail Sheehy. Curiosa coincidencia, hasta sale Gente del abismo de Jack London (1910) como protonuevoperiodismo que luego mejoraría George Orwell mintiendo bastante con Vagabundo en París y Londres (1933). Y en un ejercicio de honrado reconocimiento también aparecen los editores del género, desde Clay Felker a mandos de aquel New York cuyo auge y caída es el eje del texto, hasta Jann Wenner cuando tenía una revista respetada que seguro sonará familiar, Rolling Stone. También hay una amplia digresión sobre Esquire  de la etapa prevueling. Parece que por aquel entonces los juntaletras dominábamos el mundo. Y finalizando de nuevo con la cuestión playera: la edición de Libros del KO es un bloque pequeño y compacto a prueba de mochilas rebosantes, arena y salitre.

Lanzarote de Michel Houellebecq (Compactos Anagrama)

IMG_20170713_154137¿Qué mejor recomendación para una semana de vacaciones que un libro sobre una semana de vacaciones? Houellebecq, autor de filias y fobias sobre el que yo me posiciono en filias, hace un compendio de periodismo gonzo con novela en primera persona que acaba siendo un refrito inclasificable que deja sus habituales frases contra los belgas y, en especial, ese extrañamiento kakfiano respecto a la cotidianeidad que tan bien maneja el francés ―Ampliación del campo de batalla puede ser el mejor ejemplo―. Todo le sorprende, a sus mandos Lanzarote parece un inescrutable campo extraterrestre visitado por turistas esquizoides. No es una obra excelsa, ni mucho menos; es una obra diferente, ya es bastante. El escritor también tiene la desvergüenza de plantarnos unas cuantas fotos sin atisbo de arte del viaje que realmente hizo a la isla en 1999. El texto es muy corto y dura una sesión y media de tumbona. Son los libros que a mí me gusta leer en la playa a medida que me hago mayor: cortos. En ese molde Compactos Anagrama tiene para elegir calidad y cantidad. Matadero Cinco de Kurt Vonnegut, El oso de William Faulkner, En el trineo de Schopenhauer de Yasmina Reza o Sin sangre de Alessandro Baricco; por anotar algunos de temática variada que sí… he leído.

El hombre del brazo de oro de Nelson Algren (Alianza Editorial)

IMG_20170713_154306Partamos de la honradez: no vale para llevar a la playa. Nelson Algren fue un autor cuya fama por nuestras latitudes no iba acorde a su calidad. Sirva de muestra que esta es una de las dos únicas novelas traducidas de un hombre que no escribió mucho para lo mucho que vivió para lo mucho que maltrató su cuerpo. De hecho, estamos ante uno de esos casos de celebridad en Europa «por ser el amante de»… Simone de Beauvoir. El hombre del brazo de oro es un libro publicado en 1950, denso, meticuloso y reflexivo: la antítesis de un bestseller veraniego. A finales de los años 40 en Chicago, Frankie Machine trabaja como croupier para pagarse su morfina tras volver de la Segunda Guerra Mundial. Con la sinopsis ya sabemos lo que encontraremos: una historia sobre que el don es el castigo. Venganza y contrición en una prosa no apta para cualquiera durante 512 páginas que, si no salen más, es por la dudosa edición de Galaxia Gutenberg que nunca colabora para dinamizar el texto. Temiendo que lo explicado puede no resultar muy sugerente en un sector de lectores, hay una película homónima de Frank Sinatra bajo dirección de Otto Preminger. Edulcorada, distante y sin el aspecto más policial del libro, aun así supuso una rareza en el Hollywood de 1955 al tocar entonces un tema tangencial y controvertido como las drogas; la adicción a las drogas; la adicción a las drogas de los estadounidenses; la adicción a las drogas de los estadounidenses que fueron héroes de la Segunda Guerra  Mundial. Con Vietnam fue otra cosa.

El fin del Homo Sovieticus de Svetlana Aleksiévich (Ediciones Acantilado)

IMG_20170713_154622Después de un viaje a Rusia buscaba un título que me ofreciese una visión glocal ―el neologismo de moda, mezcla de global y local― de la que bajo mi modesto criterio fue la propuesta más ambiciosa, y por ende frustrante, de la historia: la Unión Soviética. Como buen rusófilo tengo mi propia opinión sobre el Glasnot, la Perestroika, Stalin, Gorbachov, Maidar y todos aquellos dirigentes, pero no tanto de las personas que habían sufrido la conversión en lo que la Premio Nobel llama un nuevo tipo de ser humano, el homo sovieticus. Me encontré con una colosal obra de estructura inesperadamente caótica a base de entrevistas que supongo editadas, en caso contrario cualquiera de estos antiguos soviéticos merecería un Oscar al mejor guion con frases lapidarias rebosantes de sentido. La autora deja pocas veces su imprenta personal y no discrimina a la hora de escuchar a irredentos stalinistas o a capitalistas salvajes. Es lo suficientemente sutil para calificar a la Unión Soviética de tragedia sin caer en la demagogia. Sabiendo que este octubre se cumplirán cien años de la Revolución bolchevique de 1917, no estaría de más acabar el bronceado con una visión poliédrica de lo que supone un aniversario tan importante, el que inició la alternativa mundial a lo que hoy ya no se discute. Al menos con expectativas. Ah, son 656 páginas. Hace falta valor.

José Manuel del Río.