trouser-pockets-1439412_640Con un eslogan tan trillado como efectista empieza este artículo sobre la solidaridad, un fenómeno del que uno no puede desvincularse. Salvo que se elija habitar el rural o en municipios de población contenida, siempre que toque vivir en una ciudad medianamente grande no queda otra que lidiar con ello, o mejor todavía, pergeñar un artículo al respecto.

Habrá dos acciones ligadas que irán encabalgándose en este texto. No son otras que la beneficencia y la mendicidad, imposibles de entender unas sin las otras.

No creo que sea el único que ve un auge proporcionado de campañas caritativas en los últimos tiempos -en general, no sólo porque se acerque la Navidad, y uno se tenga que hacer más generoso y altruísta para encajar en la vibra de la solidaridad del momento-. Más y más efectivos se destinan al que me parece el trabajo más duro del mundo: captadores de socios para ONGs. Éstos y éstas, veinteañeros en su mayoría, parecen haber florecido como psilocibes tras un fin de semana pasado por agua. Antaño contentos con  un despliegue discreto en las vacas sagradas del plano callejero como las calles Preciados o Fuencarral de Madrid, han pasado ya a ocupar cualquier otra con trasiego o lo que parecía una línea roja incuestionable: las estaciones de metro -estaciones, no bocas, ejerciendo su labor ya DENTRO del edificio-.

¿Por qué es ingrato este trabajo? Bueno, aparte de la salvedad de que la única gente que no va con prisa en una urbe son los turistas, les queda argumentar con quienes nos negamos a colaborar por razones más poderosas que la avaricia o la falta de capital. Alguna vez que tenía que matar tiempo y no me importaba ya puestos darles una contestación diferente al eficaz “llego tarde al trabajo, no me puedo parar”, me enfrasqué en conversaciones con los captadores, intentando explicar a mi manera la frase del inglés Rob Peter to pay Paul. Es la base de mi postura para no donar dinero a ONGs. Si la plebe tiene que correr con la asistencia a los todavía más necesitados, se está atracando a Pedro para pagar a Pablo, esto es, no se está ayudando a nadie.

Crear pobreza es un negocio más antiguo que comer con las manos. Los verdaderos amos del mundo no van cejar en el empeño por ver más y más donaciones de la voluntariosa gente de a pie.

Al revés, aun les reafimará más. En vano expuse ésta mi teoría a los captadores, recomendando un virtualmente absurdo plan de hacer las campañas en el barrio de La Moraleja o en las urbanizaciones de Pozuelo de Alarcón, con todo el ahínco posible. Campañas con un aire muy marcado de escrache. De paso les sugerí la interesante película alemana Die Fetten Jahre sind vorbei, título traducido muy libremente porque significa “los años de bonanza se han acabado”. En ella, sus protagonistas exhiben un plan de acción para minimizar la desigualdad sensato y efectivo, sin recurrir a la más mínima dosis de violencia, una hoja de ruta que se explica en torno al minuto 37 de metraje.

Vamos ahora con la otra cara de la moneda, los que reciben las dádivas. Tengo la suerte de usar el tren cada día desde hace tiempo. Lo de suerte es en serio. Así se toma de verdad el pulso a la calle, como dicen los tertulianos radiofónicos que llegan allí en un Audi A8 con conducido por un chófer vestido de Hugo Boss. Ahí en el caballo de hierro, como le llamaban los indios, es dónde se ven los granos y verrugas de una sociedad que maquillan con Photoshop desde los medios. También se aprecian muchas otras cosas honorables, o cuando menos, curiosas. Se aprecia la inventiva de los mendicantes, en aspectos como la elección del tipo de tren a emplear (“nunca cojas uno de esos de oruga sin puertas, escoge siempre los de vagones compartimentados donde los seguratas no te pueden pillar in fraganti, le decía un pedigüeño mentor a su aprendiz) Se admiran las dotes de actor de unos u otros, y la idoneidad de un discurso que sea lo bastante sucinto para conmover pero no tan largo que incordie. Se sorprende uno ante el positivo efecto del acento “patrio” (un extranjero colecta siempre mucho menos que uno nacido en la Península) Hasta constan algunos que en ocasiones he dudado si piden por necesidad o por haber perdido una apuesta en una despedida de solteros,  haciendo de tripas corazón por haber retado el “no hay huevos a pedir en un tren delante de todo dios”. En serio, es un microcosmos tan rico en matices que daría para un blog bien frondoso.

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De nuevo pasa lo de párrafos más arriba, jamás he dado limosna a nadie en el tren. Bueno, sí a músicos o artistas callejeros del tipo malabaristas, pero eso es otro campo, a mi entender. No deja de ser una contribución a un ejercicio artístico, no muy distinto al de pagar por entrar a una exposición en un museo. El principio se mantiene el mismo, el negarse a que pague el pato la gente equivocada. Hablo además de casos en los que se aprecia genuina necesidad y veracidad en el discurso, no los muchos que sufren picos en su síndrome de abstinencia y a sus veinte años dicen estar desahuciados con una familia de cuatro hijos a sus espaldas.

¿Soy un témpano de hielo, más carente de emociones que un Terminator por adoptar esta postura? Me gustaría pensar que no, sobre todo cuando ha habido momentos en los que el discurso de misericordia en el vagón era tan intenso que la mano se me iba a la cartera para coger unas monedas. En una en particular era como si mi sistema nervioso central no pudiera controlar la extremidad. El tipo a mi lado, un hombre de unos cuarenta que se subió en Vallecas y que llevaba un uniforme de trabajo de una empresa de construcción, no pudo evitar derramar una lágrima ante una performance y clímax quese llevaría el Oscar en una candidatura frente a Michael Caine, Kevin Spacey y Jack Lemmon. Era una elección de palabras tan sabia, una entonación tan perfecta, una quejumbre en la voz tan real, un atuendo tan humilde como verosímil, que estuve a punto de hacer una excepción. Más de la mitad de los viajeros no se resistieron. Aquel ebanista asolado por las deudas recaudó como el estreno de una película de Harry Potter.

Casi todos le dieron un poco….¿Le habrán ayudado mucho?

Mad Pelox