punk-94¿Dónde está la música radical a la que entregué mis sueños y salud de adolescencia? Muerta. En el mejor de los casos.

1994. Yo tenía doce años, paseaba con mis pantalones por las rodillas y mi primer pendiente en el cartílago de la oreja izquierda entre discos de Nirvana o Stone Temple Pilots. Suena fácil, pero no tanto cuando has tenido que luchar contra una herencia familiar atroz de vinilos de Mecano. Recuerdo fugazmente algo de Bon Jovi y Aerosmith en mis manos por el año 1992 —era un niño — hasta que el grunge le dio un cierto sentido a esa época ya por sí misma confusa.

Entonces sucedió.

Con un billete rojo compré Smash de The Offspring porque había visto su vídeo Self Steem en no recuerdo qué cadena de televisión. Esa misma tarde después de escucharlo en el desván de un amigo, alguien con un nombre que recuerdo muy bien hurtó Punk in drublic de Nofx y Let´s go de Rancid por el exclusivo motivo de que estaban apilados en el mismo género. En las tiendas de A Coruña aprendieron rápido y las cajas de los cds se vaciaron. Nos dimos cuenta con una caratula del About time de Pennywise entre manos. A partir de aquel día, se pagaba a medias una unidad de música para luego copiarla en otro cd por quinientas pesetas y hacer las portadas recortando impresiones de calidad chocarrera. Casi todo lo que se amontona en mi viejo anaquel reproduce ese sistema antes de Napster.

Entonces tuvo sentido.

Era lo que queríamos escuchar y no lo supimos hasta el último corte del Smash, homónimo. Más fácil que el grunge, más rápido y más furioso. Por decir algo de los mases. La batería taladraba quintas básicas y palm mutes melódicos en su justa medida. Las voces, leídas y traducidas, hablaban de lo que pensábamos que era un derecho natural a perpetuidad: velocidad, pelearse, drogarse y odiar al supuesto sistema. Solo teníamos que ajustar un poco la estética. Por el año 96 nos habíamos perforado cualquier rincón de las orejas y decolorado el pelo. En el 97 el acero quirúrgico atravesó nuestros pezones, lenguas o cejas. Al final, en el 99, la jodimos con algunos tatuajes tribales en piernas y brazos. Y así estábamos furiosamente regocijados con lo que pensábamos que iba a durar siempre. Divagar sobre el no future sin tan siquiera entender el concepto críptico de future. El contexto: clase media en una ciudad media del noroeste peninsular con ínfulas de surf y skate en vestimenta y walkman.

Aprendimos que aquello era la supuesta herencia del punk 77 y probamos con Sex Pistols, The Clash, Dead Kennedys, The Dammed, Buzzcocks o Exploited. También con las réplicas estatales algo más tardías: Eskorbuto, Comando 9mm o Cicatriz. No nos amargaban, aunque eran ásperos para el paladar adolescente. Misfits y Ramones sí que encajaron mejor con quince años. Pero el estado de la cuestión es que estábamos hasta el cuello en lo que se llamó punk 94. Nuestra explosión hormonal coincidió con la explosión de una generación musical. Aunque fuese a diez mil kilómetros de distancia. Y eso es muy difícil cuando llegas tarde a cada uno de los movimientos que aspiran a ser contraculturales. Allí, creo que por primera y única vez, nos acompasamos al éxito de los propios grupos, a pesar de que en Galicia no esperásemos verlos jamás en directo. Es más, lucíamos camiseta de No fun at all en dementes raves de techno durante veinticuatro horas seguidas. Nos adaptábamos inconscientemente a los que también rondaban el no future y ni siquiera conocían el Never mind the Bollocks.

Yo centro mi catarsis adolescente en cinco discos que recopilé en pocas semanas, el iniciático Smash de The Offspring, Let´s go de Rancid, About time de Pennywise, Dookie de Green Day y White trash, two heebs and a bean de Nofx.

En su primer éxito, Dexter Holland y su, con perspectiva global, pésima banda de The Offspring grabaron doce temas más su habitual intro en lo que creo que, si lo veo desde aquel lugar pasado, fue un trabajo superlativo. Sobraban coros y faltaba contundencia a la guitarra, pero había algo entre desolador y accesible en la música. Tras el paso atrás de Ixnay on the hombre se confirmaron como lo que luego desarrollaré: una estafa. Al menos tuvieron el Smash, aunque muchos ya se lo nieguen por la hecatombe posterior. No se lo reprocho; «hecatombe» es la palabra.

El Let´s go de Rancid sí que parecía punk 77 para un neófito imberbe. La portada roja con el puño rompiendo no se sabía qué y las fotos con crestas en la contra cubrían veintitrés temas casi idénticos. Todos notables; ninguno sobresaliente. Recuerdo decir a mi amigo que sería un recopilatorio de grandes éxitos al sacarlo de la platina. Pues no. Era un discazo algo diferente al punk-rock de la época. La banda no venía de un barrio residencial de gran ciudad. Venía del inframundo de la bahía de San Francisco y yo, que he estado casi sin querer durmiendo una semana en Tenderloin, nombre también de uno de los temas del cd, advero que es un inframundo muy hondo. El siguiente And out come the wolves los confirmaría como la frontera de muchos. Si te gustaba Rancid, no te gustaba la mayoría de temas de Lagwagon, No use for a name, Millencolin o Blink 182. Yo lo tuve claro. Más todavía si analizaba la tendencia antisocial del público de unos y la tendencia de adolescente rebelde de seis meses del público de los otros.

Pennywise y su About time tenían el sonido más potente de la terna de grupos del punk 94. Y, curiosamente, solo con la guitarra de Fletcher. Los trabajos anteriores apuntaban lo mismo y el Full Circle tras el suicidio/accidente de su bajista les legó un aura de grupo respetable hasta después del Straight Ahead. Estos sí que eran chicos de suburbia, una amiga falaz en su traducción porque refiere barrios residenciales de clase media-alta y no al «suburbio» como aquí lo entendemos, pero entre sus letras colmadas de presunta gnosis sobre el ellos/nosotros, revoluciones flamígeras, desarraigo o violencia, fueron salvándose de la segregación que estaba por venir, que no del desinterés de muchos que los etiquetaron igual que casi otro grupo de power punk edulcorado.

Green Day fue un caso similar al de The Offspring, sin embargo, no tan predecible. La formación de tres les daba un sonido añejo y menos registros por mucho que usasen acústica a partir del Warning. También durante años mantuvieron una relativa coherencia sublimada por Billie Joe liándola en el caos de Woodstock de 1994, y aquí no es que hablemos precisamente de hijos de suburbia. Claro que, entrometido oxímoron, fueron los únicos en sacar un tema que se llamó Jesus of Suburbia en la espantosa decadencia de su cosmogonía. De hecho, Green Day es una herida sin cicatrizar, porque, así como Offspring enseguida fueron unos parias, estos tipos todavía pueden aparecer en una entrega de premios de la MTV con look emo a los cuarenta. Otro ejemplo igual de contundente sobre la estafa. Segunda vez que la cito.

Con Nofx sucedió algo extraño. El primer disco que escuchamos aquel día ya era peor que todos los anteriores que no habíamos escuchado. No tengo reparos en decir que, tras gastar S&M Airlines, Ribbed y White trash, two heebs and a bean, fueron mi grupo preferido. Cuando ya casi no tenía esperanzas en ellos, sacaron The decline. Y no sé si ese único corte de dieciocho minutos es hoy tan bueno como me pareció a mis también dieciocho años, pero rubricó el epitafio de estas bandas con una lírica sobre la derrota y asumirla a través de «una pastilla más para calmar el dolor». La primera vez que reflexioné con calma sobre el no future y el pie y medio que habíamos puesto en él los que nos comprometemos con una idea hasta el final y la jodemos con convicción, sin desapego de nuestros actos. Lo que les sobrevino como grupo fue el patetismo de unos señores comportándose como unos adolescentes, ya ni siquiera rabiosos, y con una música sacada de un ímpetu febril. Es decir: automatizada y en serie. Una lástima.

En ese intervalo tan acotado entre 1994 y 2000 nadie se puede olvidar de los grupos suecos. Millencolin, No fun at all, Adhesive o The Hives comenzaron con ideas y sonidos parecidos para acabar en los finales más dispares. The Hives han sobrevivido como grupo de rock a secas encarado al mainstream, Adhesive se esfumaron, No fun at all rompieron cuando mejor estaban y ahora pueden girar con dignidad sus clásicos. En cambio, Millencolin representan la estafa. Tercera vez que la cito.

La estafa fue descubrir que no había nada detrás de la música supuestamente radical a la que entregaste tu loca adolescencia. En el 2000 ya daba vergüenza. Casi todos los grupos evolucionaron a un sonido azucarado, más azucarado se entiende, y se incorporaron nombres que hasta he tenido que consultar como Sum 41 o Simple Plan. Se fueron por el sumidero Offspring, Green Day, Nofx, Millencolin, Blink 182 y, por supuesto, Lagwagon, No use for a name, Bad Religion y tantos otros. Cuando estrenamos mayoría de edad comprobamos lo mismo de su público. Muchos chicos de cabello oxigenado y colegio privado se quedaron ahí, haciendo las cosas típicas de cabello oxigenado y colegio privado. No quedaba en pie ni una de las promesas. El punk 94 estuvo en las antípodas de la actitud del punk 77 y tuvimos que tragar con el desengaño que creímos el eje de nuestras vidas. Las bandas se agarraron a la radio fórmula comercial y a Avril Lavigne para aguantar la embestida de otro ramalazo que no se quedó atrás en hype, el NU metal. La excepción al repudio digna de estudio sociológico fueron Descendents, la sublimación del punk ñoño y amor  ñoño que, tal vez por pioneros, se respeta aun hoy.

Entonces se solucionó.

Nos fuimos al hardcore, salvando trabajos esporádicos de Rancid, SNFU o Good Riddance —por insistir sobre cuestiones subjetivas, cuando salió el disco en 1998 yo repetía la pretenciosa frase de «si tuviese un grupo, querría que sonase a Good Riddance en Ballads from the revolution»—. Acotando el ecosistema gallego, que dominé por vivir siete años en Santiago y acabar bastantes noches en Vigo, creo que se dio un fenómeno paritario también curioso. Por distintas razones un nutrido grupo de gente que venía del Oi! y del ska más skin se giró al hardcore al mismo tiempo que los que corrimos del punk-rock. Y convengamos que a nosotros ya nos gustaban grupos Oi!

No fue muy difícil. Al final todo estaba grabado desde los ochenta y Sick of it all, grupo hardcore excelso en la época, ya aparecía en los recopilatorios del Punk O´Rama. ¿Boston o Nueva York? Hasta podías coger algo de California. Slapshot, Crown of thornz, Madball, Gang green, Agnostic Front, Cro-Mags, Gorilla Biscuits, Black Flag, Bad Brains, Minor Threat, Youth of Today… todos los grupos ásperos que tu oído quinceañero no procesaba te berrearon verdades a partir del nuevo milenio.

«A esta música se llega por evolución» fue otro de mis fatuos aforismos. Y también daban opciones antagónicas: straight edge o dms. En estos últimos años la mejor música venía por parte de los primeros, x dibujadas en las manos, sin drogas, veganos, pero crews al fin y al cabo igual que las que se drogaban y comían embutido. Aunque todo mucho más sectario. Algo ya mortecino en el ámbito estatal y a lo que sí que habíamos llegado deliberadamente tarde, unos treinta años tarde. El tatuaje tribal era un recuerdo exótico y tocó hacerse las dos mangas enteras de oldschool por eso, porque era de la vieja escuela. Imagino que fue otra historia hasta que los dependientes de Pull & Bear y los diseñadores gráficos tuvieron el mismo aspecto.

Yo emigré a Barcelona, dos o tres garitos temáticos y casi me creí otro derecho natural a perpetuidad mientras grupos como True Colors sacaba musicón.

Pero digo «casi» en una exageración lírica. Sabía cómo y cuándo terminaría. De hecho, en los últimos conciertos tuve la sensación de que podría escribir todo lo que allí iba a suceder sin equivocarme en una sola coma. Previsibles. Nadie decía nada nuevo y solo el rap me dio una ligera esperanza. Me cansé por inercia, que no por agotamiento. Y sigo dispuesto a que alguien me vuelva a abrir los ojos. Terminando ya, confieso último trabajo de Rancid ha sido algo bonito de ver y escuchar. Bonito y naif.

 

En este párrafo me doy cuenta de que ya hace más de un año y medio que no piso aquel terreno. También me doy cuenta de que lo que siempre envolvió mi vida como un zumbido fue la música techno, que arrastra a mucha más gente que no se hace preguntas sobre dónde y para qué. Y, no sé si es algo aterrador, pero lo último de lo que me doy cuenta es que descargo antologías de Johnny Cash, Chuck Berry, Hank Williams, Howlin´ Wolf o Buddy Holly.

Acabaré bailando swing en un par de años.

 

Dedicado a la memoria de ese amigo del que hablo en el artículo. No te olvidamos.

 

José Manuel del Río