caida-urss25 años más unas horas. 21 de diciembre de 1991: caída de la Unión Soviética. Convengan conmigo que es una efeméride que merece la pena reseñar. Con seguridad habrán leído avezadas crónicas que enumeran la multitud de factores que sumaron para aquel colapso, y entre ellas se colará esa palabra, Glasnost, con la que deben tener sumo cuidado si quieren repetirla en fechas tan proclives a discursos domésticos de baja estofa, porque fonéticamente vendría a ser una especie de «glasnech». Solo una especie.

La URSS no se cayó gracias a Gorbachov; se cayó a pesar de Gorbachov. Aquel ruso pueblerino y de poca destreza dialéctica fue otro fanático apparatchik del sistema. También de lo que él, y muchos otros, calificaban ―con razón en abstracto― como el proyecto humano más importante de la historia. Sin embargo, esa historia la escribía una pluma mitológica y oscurantista, qué contradictoria sería la mano que la agarraba. O dicho de forma más prosaica: los mitos habían purgado alrededor de veinte millones de personas en la oscuridad del invierno siberiano. Enemigo del pueblo, el nombre ya no era necesario. Y cuando lo tuvieron —que se lo pregunten al Sr. Beria, uno de los ilustres brazos izquierdos de Stalin— lo borraron de sus libros. Ya nunca había existido el jefe de la NKVD. El resto del mundo leía esa conspicua obra de Archipiélago Gulag mientras más allá del muro nadie se atrevía a mentar la palabra «gulag» a no ser que fuera un chequista. Pero Gorbachov no era un chequista al uso, era un funcionario al que le ilusionaba un Nobel de la Paz.

Glasnost significa «transparencia». Y con la transparencia pretendía un debate prolífico al estilo demócrata, que sus gentes pudiesen conocer y criticar sin demasiados ambages los actos de su gobierno. Sobre todo los pretéritos. «Eso nos fortalecerá», pensaría el mapa rojo de la frente de Mijail. Sus gentes-su gobierno. Gravísimo error de cálculo. El pueblo soviético tuvo que admitir que había estado gobernado, en gran proporción, por un partido de delincuentes. La novedosa bomba informativa fue que Stalin había sido un genocida. A partir de aquí el lector puede ir desde el amistoso acuerdo con Hitler para la asignación de las repúblicas bálticas o las continuas lecciones de comunismo desde fastuosas dachas no colectivizadas. Unas cuantas miserias sumadas al acervo nacionalista a la contra y el imperio se cayó con sus fichas de izquierda a derecha. Yeltsin, sumido en un inesperado papel de líder —la historia ahora lo trata con rigor: como un demente—, firmó el finiquito junto a Ucrania y Bielorrusia para crear la Comunidad de Estados Independientes, que no fue más que la gran interrogación del gran borracho.

Hace escasas fechas decía Paul Manson que el neoliberalismo no debería estar tan tranquilo recordando aquellos días de tanques en Moscú, que la Unión Soviética desapareció cuando hasta los más pesimistas le daban unos decenios más. Gravitaba su reflexión alrededor del eje económico. Se olvidó del Glasnost. Solzhenitsyn, emigrado a los Estados Unidos tras Archipiélago Gulag, lo advirtió: todo se derrumbaría cuando se conociese la verdad.

Y en este 21 de diciembre más unas horas de 2016 cabe preguntarse si no precisamos, aunque sea por hartazgo, del Glasnost neoliberal. Es más, cuestionarnos por qué solo lo exige un colectivo tan frustrado y silenciado como lo fue la disidencia soviética. En unos tiempos donde vivimos entre filtraciones de leaks y noticias rídiculamente falsas amparadas bajo algún blog de nombre todavía más ridículo, la amenaza de que la «transparencia» derrocaría, con simple inercia como en la URSS, este régimen es demasiado sugestiva. Que se revelen los movimientos geopolíticos sobre el damero esquizoide de Oriente Medio; que se evidencien las grandes corporatocracias que aplican a su interés una confiabilidad a un determinado mercado como una cifra que marca la temperatura; que se publiquen las órdenes sobre nuestras vidas de las instituciones económicas supranacionales que nadie ha votado ni votará. Podemos enumerar tantas o más incógnitas de las que les despejaron a los soviéticos hace 25 años. En definitiva, que también admitan, provocando la misma ingenua sorpresa soviet, que los números van siempre por encima del 99% de las personas, y que el 1% está exento porque son los que tienen capacidad de hacer prevalecer ese gastado axioma.

Paul Manson escribió Postcapitalismo relamiéndose ante esta inverosímil posibilidad. A mí no me importa reconocer que no soy tan sabio ni positivo como él, que no sé qué hay detrás de la puerta de salida, pero al menos nos dirían: «Por aquí se sale. Empuje fuerte si no aguanta el Glasnost». 

José Manuel del Río