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La sofisticación en Carrillo empezaba y terminaba en la marca de sus pitillos, Peter Stuyvesant. Intelectualmente hablando, además de pretencioso y traidor, era una perfecta medianía que pasó de tonadillera del eurocomunismo a tonadillera a secas, una Imperio Argentina resistente al tabaco. Si reconocemos que el comunismo es la idea central del siglo XX, desde la defensa o el antagonismo, hay que reconocer que la idea de que no hay nada más tonto que un obrero de derechas es la simpleza central de nuestro siglo XX. Después de parir tamaño artefacto don Santiago siguió con su vida cual liebre frente al foco del coche, con acomodo, pero esperando un castañazo de realidad irremediable. La derechización de un pueblo al que nunca entendió.

EL OBRERO DE DERECHAS, UN RETRATO

Pone toda su atención en cuestiones que requieren de una mecánica básica: masticar, respirar, caminar. Economiza su verbo, eliminando la primera r de programa y problema. Su catarsis llega con un Barça-Madrid y se permite el lujo de ver 10 horas seguidas Telecinco, con el cianuro cerca, por si alguien cambia a Documentos TV. No analiza, berrea y es de natural impulsivo. Quiere mucho a su madre, que es la única que sabe cómo quitar las manchas de grasa y la única que tiene mano con los garbanzos. Se pone gorra cuando hace mucho sol, porque sin ella se le ensancha la mandíbula y empieza a jadear. Eyacula rápido y se olvida de decir «hasta mañana». Vuelve a despertarse a las 6, y después de un gruñido se rasca el culo, se viste sin ducharse y pone el piloto automático al colegio electoral. Vota a Rajoy. Si piensa enrojece y toma Moscú.

ONE NATION CONSERVATISM

Además de un zorro con sombrero de copa, Benjamin Disraeli es uno de los primeros teóricos del Conservadurismo para una nación (One Nation Conservatism). Para atemperar el drama social que el capitalismo producía y así ganar la transversalidad, Disraeli tuvo la audacia de afirmar que la nación, partido conservador mediante, podía crecer orgánicamente y que en dicho crecimiento era indispensable un compromiso de la derecha con las clases populares. Se fragua así, con ciertas salvedades y mucha ingeniería social, un idilio romántico entre los tories y la plebe ―sobre todo inglesa― que permanece hasta nuestros días y que ha tenido una proyección casi mimética en todas y cada una de las democracias liberales de occidente, con la excepción escandinava, que es una excepción para casi todo.

ME DUELE ESPAÑA

El Partido Popular lleva la directa a la Moncloa a pesar del latrocinio, la estupidez de sus líderes, la bancarrota económica, el desmantelamiento de la seguridad laboral, la amplificación del monopolio de la violencia hasta tocar la pura y dura represión, el espionaje infame, la contradicción permanente, la traición a las promesas y el hartazgo general. A pesar también de la inquina con la que nos despachamos permanentemente con Rajoy, ese lerdo con habilidades especiales que, y aquí es cuando Escolar y los suyos revientan de ira, gana todas sus batallas o de perfil o por aburrimiento. Rajoy ha sido capaz de desbaratar el argumento de que el camino del PP es el camino de la separación. El hecho es que Cataluña no se va a independizar de España y lo demás pertenece al ámbito del teatro.

No lo olvidemos, el Partido Popular es la maquinaria electoral mejor diseñada de cuantas existen en España. Al PP no hace falta llegar por aproximación ideológica y, como en el chiismo, permiten simular que no les votas mientras cada cuatro años pongas la papeleta en la urna y digas, de pasada, que Fraga no robó un duro dedicándose a la política. El PP no afina teóricamente porque resulta irrelevante a sus propósitos, el objetivo es gobernar y que participes en la medida en que te sientas más cómodo. Es un hecho que fulano está cómodo si le molestan lo menos posible y la derecha molesta poco, no exige alardes. Los conservadores no participan ni de lluvias de ideas ni de corralas, y entienden el sentido de pertenencia no como una permanente contradicción entre la realidad y las ideas sino como un contrato directo a la urna. La derecha, y muy particularmente en España, es la única con una idea de nación, discutible y abominable, sí, pero es una idea, mucho más acotada mucho y más digerible ―por su simpleza― que o bien la indefinición absoluta (PSOE) o bien la aventura del referéndum (Podemos). Esta cuestión es capital para entender como el PP gana la transversalidad ahora sí, ahora también. Agitar el espantajo nacional es clave para aumentar el gregarismo en los electores, es un elemento aglutinador de primer orden.

Hace siglos que no intentan monopolizar la cultura, y no es que no produzcan de manera lo suficientemente importante, es que simplemente no es necesario para ganar. ¿Qué sentido tiene ensalzar a Dionisio Ridruejo si a fulano le importa muy poco Juan Benet? El PP puede permitirse el lujo de presionar fiscalmente al sector porque a nadie la importa que Alberto Rodríguez gane en San Sebastián con la enésima copia de la copia.Seamos claros, en un país con una economía sumergida de las dimensiones que ha adquirido en España ganar la Moncloa a base de denunciar la corrupción es perfectamente inútil. Si el descalabro ético que supone el latronicio a manos llenas no ha servido para levantar a los que pasan hambre en armas es simplemente porque existe una participación, ya sea expresa ya sea tácita, en el robo masivo. Este es un aspecto que, a través de una propaganda mediática un tanto chusca, ha llegado a humanizar a Rajoy, confiaba en sus amigos y le fallaron. El español sabe que tiene que meter la mano porque el sistema, que es injusto por principio, le obliga a ello. Por tanto, el drama no es la corrupción, es el diseño económico-social en sí.

El colofón a todo lo anterior pertenece a la categoría de los complejos. Entendiendo que estamos hablando de individuos que pertenecen, desde la cuna, a élites de toda índole, tendemos a observarlos de abajo a arriba. Es por eso que se les presupone la solvencia en la gestión, no es un argumento basado en la gestión en sí misma, sino en el encaje que socialmente les damos. Por conectar con las simplezas de Carrillo, a fulano le parece mejor gestor un alto funcionario de carrera con traje y corbata que un neófito con chepa y coleta. Santiago Carrillo encontró la paz en las tertulias de viejos rockeros de la SER. Paladeaba cada segundo de masturbación colectiva y se jactaba una y otra vez de su concepto. Allí también estaba Herrero de Miñón, menos viejo, más listo y de derechas. Le reía las gracias, no le afeaba ni una sola salida de tono y jamás le entraba al trapo. Seguro que en secreto se descojonaba a mandíbula batiente de él, y de todos nosotros.

Antonio Guerrero.