concerts-1150042_640Es un tema que desde luego me intriga desde hace tiempo. Me embruja, más bien, hasta el punto de hacerme dudar si se me escapa algún detalle. Y es que cuando intento unir los puntos, la figura que sale no es la esperada. Me estoy refiriendo a casos claros de machismo en la música pop, la música de masas por excelencia.  En unos tiempos que vivimos en donde en teoría campa la libertad de expresión y la denuncia social, la supuesta concienciación del problema está ausente. No sólo eso, se está potenciando peligrosamente lo contrario.

Estamos lejos de abordar un problema reciente. Desde siempre la música de masas ha propugnado valores sexistas, y ya no digamos de fomento del encefalograma plano, desde la radiofórmula más internacional.

Entre los primeros podemos aludir a las actrices contratadas para desmayarse en las apariciones públicas de Frank Sinatra, una técnica depurada que a posteriori revitalizarían The Beatles.  O el fenómeno groupie, dinamitando la dignidad de quienes hacen lo que sea por unos minutos con sus ídolos en el backstage u hotel.

Entre los segundos estamos ante un problema tal vez mayor. O lo que es peor, más inadvertido. Podemos ver a las estrellas de la música como gente creativa, extravagante y artística, que consigue hacer feliz a muchos y muchas empleando el que está aceptado como lenguaje universal de las emociones: la música. Sea esto cierto en algunos casos, no hay que olvidar que la verdadera función de músicos, deportistas de élite y otros role models habituales en forros de carpetas es otro muy distinto.

Alimentar la maquinaria de la desigualdad en la sociedad.

Igual que te engañan  con una tarrina de helado rebosante de tropezones al abrir la tapa pero que sólo están en la superficie, este tipo de celebridades actuán como el modelo de esfuerzo y superación que el idiotizado medio ve. Mientras, el resto de individuos que nutren lobbies, fortunas y emporios pasa desapercibido.

No es astuto pregonar a los cuatro vientos que has «nacido con una cuchara de plata en la boca», traduciendo literal el modismo del inglés. Es mucho más vendible una historia de superación como la de músicos y deportistas profesionales, que desvíe la atención sobre quienes se lo han llevado crudo desde que nacieron. Seguirá habiendo ejemplos de superación fuera de esos ámbitos -estilo Steve Jobs o Bill Gates y su «desde el garaje»- pero el peso lo llevan músicos y sus convenientes pasados, llenos de penurias en los peores trabajos del mercado. Mick Jagger trabajó de enterrador, Madonna de chica de la limpieza… sobran ejemplos así, ejemplos que llegan al corazón de incautos que pican y forran el riñón de las mentes maestras que calcularon todo.

datAtención porque no estamos ni frivolizando ni buscando los cinco pies al gato. A nadie en Derecho de Resistencia gusta el political correctness gone mad -llevar la corrección política hasta extremos absurdos- y por ello no vamos a censurar  los memes más bobos como el de Dat Ass, con un careto de rapero masculino expresando lujuria al ver una retaguardia femenina.

Después de este interludio ¿cómico?, volvemos a retomar la seridad. Pero atención también porque no hablaré de los sospechosos habituales, ni de aquellos artistas varones que siempre han estado bajo el microscopio por sus letras/actitud/declaraciones machistas. Entre los primeros estarían Chris Brown, enemigo público nº 1 desde que confesó haber agredido a su pareja la también solista Rihanna. Entre los segundos estarían otros como Pitbull, al que es raro no ver en un vídeo en el que docenas de atractivas jóvenes se froten contra él esperando ser la elegida(s) para su alcoba/camarote/cama balinesa. En fin…

Como ya he dicho, el enfoque va a estar en quién menos se espera que predique valores machistas y misóginos: las propias divas del pop. Pesos pesados de la industria musical de masas como Jennifer López, Nicki Minaj o Iggy Azalea. Entendiendo por pesos pesados la importancia en el panorama musical de las listas de éxitos, sin entrar a valorar la calidad intrínseca de su música. Aludiremos a musica pop en su acepción más literal de «popular», no de música melódica y suave con el oído.

El eje de la crítica está pues en el discurso contradictorio de nuevas sensaciones raperas femeninas como Nicki Minaj o la australiana Iggy Azalea, que destilan una mezcla de chulería y sex appeal que les ha catapultado al éxito. Esa chulería –swag– tiene un componente de reivindicación claro, y sirve en teoría para declarar que las mujeres también pueden rapear, usar vocabulario barriobajero, exhibir dinero e independencia; en definitiva, que pueden romper con los esquemas retrógrados de que una mujer sólo puede ser recatada e ingenua. Hasta ahí todo bien, más que loable, sin fisuras si estuviésemos en una época previa a los vídeos musicales. El problema  surge cuando los inevitables videoclips de la música mainstream -una imagen lava más cerebros que mil palabras- están plagados de curvas, traseros untados en aceite, senos voluptuosos y demás parafernalia del gremio. Partes del cuerpo que no son de sus body doubles; pertenecen -silicona y ácido hialurónico aparte- a las susodichas. Juzgad si no un vídeo como el de abajo, por poner una muestra.

No me parece que sea yo el único que ve contradicciones aquí. Resulta difícil vender la idea de valores igualitarios cuando se cae en clichés, invirtiendo en el efectismo fácil del llamado T & A –tits and asses-. En este enlace, de la masiva revista online Buzzfeed, N. Minaj copa el número uno de una lista de las canciones más cargadas de denuncia feminista del 2014, y otra vez más en nada menos que el número diez. Este mismo mes Jennifer López saca al mercado el single Ain’t your Mama, de clara connotación contestataria con el machismo desde ese título que luce. Sin embargo no hay vídeo en que no explote lascivia y escasez de ropa, sea en sus “propias” canciones como en colaboraciones con otros “artistas”.

¿Será que están haciendo lo correcto, y somos quienes criticamos esto los cortxs de miras? Nada mejor que nuestro fabuloso apartado de comentarios para que volqués opiniones.

Mad Pelox