matarmeUn tal Víctor Barrio falleció. Solo supe que era matador, desconozco cualquier otro legado que deje. No suelen salir noticias en prensa y televisión de muertes de albañiles, taxistas o enfermeros. En cambio, la proporción de —en numérico contrasta mejor—  1 torero muerto por cada 20.000 toros asesinados en la supuesta lucha que quieren vender como supuesta cultura hace que se propague en los medios de comunicación igual que una pandemia. A partir de aquí el dislate comienza en las redes sociales: un sector antitaurino, animalista y profundamente maleducado se ríe del muerto, desgraciado también en vida por su vil profesión;  y la Fundación del Toro de Lidia  —una de esas instituciones aberrantes y arcaicas incomprensibles — denuncia a varias personas que han vilipendiado de forma más o menos sutil el cadáver. Entretanto, se unen otros ilustres de la tortura, como un tal el Juli, a tildar a aquellos mensajes de «inhumanos» y tenemos montada una dialéctica estúpida con un fondo trascendental y terrible. A Víctor Barrio lo mató la tauromaquia. Al toro y, según nos cuentan, a su familia también los mata la tauromaquia. Pero otras tantas personas fenecen moralmente poniéndose a la altura de los psicópatas con traje de luces. Serán, ya hoy, las nuevas víctimas de la tauromaquia.

A los toreros debería quedarles claro que no son garantes de la lástima de nadie. No existe ley, y si existiese la incumpliríamos, que obligue a determinados sentimientos cuando alguien de su gremio fallece. Y a los que aporrean un teclado mofándose de la muerte de otro debería quedarles claro que no son mejores que ellos. No acostumbro a utilizar la palabra miedo, ni nadie duda que lo políticamente correcto me da igual por su antagonismo con lo políticamente ético; pero la burricie colectiva de un sector de los llamados animalistas es patológica. Ni atendiendo a parámetros pragmáticos podrían celebrar la muerte de una persona que será sustituida en el siguiente cartel. La respuesta ha de venir de la construcción social sin fisuras que evidencia que el toreo no tiene cabida en nuestras vidas, y que será recordado como una abominación fundada en sentimientos medievales y crematísticos. Sin embargo, prefieren desviar la atención, abrir una brecha en el circo mediático y repugnar a los especistas abolicionistas no veganos que de momento constituyen la esperanza a medio plazo para la erradicación del genocidio animal. Al que le han de seguir unos cuantos. En Muerte de un ciclista, una de las mejores películas del Estado español durante la dictadura, la pareja protagonista ocultaba el atropello accidental de un hombre por miedo a ser acusados de adulterio. Delito en nuestro Código Penal hasta 1978. Dentro de unos años la muerte de un torero se deberá encontrar en la misma tesitura. Anónima, indiferente y, de ser conocida, con responsabilidad penal alrededor del fallecido. Solo hacen falta dos cosas: sacar a un partido político del gobierno que declara la tauromaquia como patrimonio cultural y que ciertos animalistas muestren el único signo que presuntamente nos diferencia del resto de especies. Ya saben: eso de la inteligencia.

Las manos de Víctor Barrio estaban manchadas de sangre. De ninguna forma me alegro de su muerte. Las manos de toda la retahíla de miserables que se han regocijado en ella públicamente, también.

José Manuel del Río