15171321_1244192785652156_1002781609938431300_nNo soy un crítico literario profesional, lógica inferencia, las editoriales no me envían sus últimas novedades vía correo certificado. Sirva de lamentable excusa sobre por qué en mis cinco recomendaciones de libros que he leído en 2016 solo hay un par de ellos que han salido, en puridad, en este año de la posverdad que dejamos atrás. Aún lo echaremos de menos, recuerden mis palabras. En contraprestación se librarán de los tics comerciales de los que cobran por reseña. Parcial o no, esa es una disyuntiva cada vez más intangible.

  1. Limonov, Carrere (Editorial Anagrama)

No es el mejor libro que he leído en 2016, aunque sí el más adictivo. De largo. Y lo dice un tipo que suele tener una lectura alejada de los que fagocitan a Ken Follet en una semana.

Algo fundamental: Carrere escribe muy bien. Y en especial posee un don para contraponer su figura, bastante detestable a la sazón —burgués intelectual afrancesado en lo peyorativo de cada uno de esos tres términos—, a la de un salvaje como Limónov. En este caso lo ha tenido más fácil que en El adversario, truculenta disección sobre Jean Claude Romand, un demente que mató a toda su familia después de hacerse pasar por médico durante décadas cuando en realidad se iba a caminar por el bosque cada mañana. Limónov publicó bastantes obras y, en un egotista de su calibre, la mayoría hablan de él. De su delincuencia juvenil; su bohemia perdedora soviética; su emigración tortuosa a Nueva York; su traslado a Paris gracias a la publicación de un libro donde explicitaba sus cópulas con homeless; su participación en la guerra balcánica ¡al lado de los Tigres de Arkan!; y finalmente su militancia disidente con Putin, fundación de su partido comunista-fascista y prisión mediante. Todo muy suyo. Ustedes dirán que semejante currículum se escribe solo. Sí y no. La enjundia de la obra se encuentra en la labor de preescritura, pero Carrere logra construir un relato equilibrado, con atinados ex cursos sobre la URSS, en la estructura de una biografía novelada apasionante que te atrapa y no te suelta hasta un epílogo igual de notable que el resto de sus 420 páginas. «Estamos en trincheras opuestas», le avisa el personaje al autor. Y que así sea.

  1. La vida fácil, Richard Price (Editorial Penguin Random House)

Volvamos al principio del artículo. Si yo fuera un crítico profesional, estaría reseñando Los impunes, que acaba de sacar el mismo autor en 2016. La semana que viene me pondré a ello con bastantes expectativas.

Lo peor de La vida fácil son las loas que la editorial pega en cada lugar donde hay espacio en las tapas del libro. «Nuestro Balzac», «La hoguera de las vanidades 2.0», «Richard Price debería escribir más porque nadie lo hace como él», «el mejor escritor de diálogos de la literatura norteamericana». También es un tanto desazonador que haya que recordar en la portada que se ha sido guionista de The Wire en alguien de tan extensa trayectoria anterior. Podría volver a poner el manido «sí y no» que dejé plantado en la reseña de Limónov. El libro es magnífico, los diálogos frenéticos y, si La Hoguera de las vanidades se limitase al Lower East Side de la pasada década, hasta podría admitir esta versión 2.0. La realidad sin grandilocuencias es que se erige en nuestros dedos un texto alejado de los arquetipos del noir, donde la pasión no está en saber quién es el asesino, dato que se revelará muy pronto, sino en dibujar las segundas víctimas del homicidio de un jovenzuelo que rodaba la película de su vida poniendo copas en Manhattan. Una muerte fútil por creerse su papel diciendo «esta noche no, amigo mío» a una pistola del calibre 22. El retrato de su padre, Billy Marcus, se ilumina hasta el punto de eclipsar a los supuestos protagonistas. Toma y daca constante. El único problema es que, a pesar de Clockers —no dejen de ver la película de Spike lee de 1993, cuando era tan buen director de cine—, el resto de la obra de Richard Price se caracteriza por conocer muy bien a los policías y no tanto a los delincuentes. No se pregunta cuál es la diferencia que hay entre ellos cuando ambos aprietan el gatillo.

  1. Una infancia: biografía de un lugar, Harry Crews (Editorial Acuarela y Machado)

Aquí podría figurar El cantante de Gospel —estreno como novelista en 1968—, que también fue traducida por esta desaparecida editorial hará un par de años. Pero ya la reseñé en su día http://www.laresistencia.net/el-cantante-de-gospel-harry-crews/. Valga la mención para entender cuánto me gustan estos dos libros del autor y de paso anotar lo poco que me gusta la primera de sus cuatro obras que se publicaron en español, Cuerpo. Creo que hasta he perdido a un buen amigo para la causa Crews con ese relato infame, bajo mi modesto criterio, de culturistas y tonterías varias. Dirty Works ha editado hace pocos meses El amante de las cicatrices, que espera paciente en mi estantería. En el título que nos ocupa, Harry Crews saca músculo literario para firmar una obra mayestática del sur de Estados Unidos con toques de realismo mágico a la Macondo. Su verdadero do de pecho narrativo. Conocíamos que sus correrías eran más interesantes que las de los habituales escritores con la profundidad vital de un charco de agua; pero, hasta esta obra, desconocíamos que era capaz de hacer lo mismo con las personas anónimas que le rodearon en su niñez, perdida en una casucha escoltada por parajes donde todo lo que tiene boca te muerde. Además, median dibujos muy bonitos que funcionan como elipsis. Una maravilla.

  1. El día del Watusi, Francisco Casavella (Editorial Anagrama)

El primer libro que ha sido editado en 2016 de los que reseño ya se había publicado en tres volúmenes separados unos quince años antes. La unificación de la trilogía, que Anagrama ha renovado con claro afán de convertirla en clásico, resulta un acierto. No solo por las últimas correcciones del maestro Casavella; no solo por los prólogos ilustres de Kiko Amat y Carlos Zanón —encargado de resucitar a Pepe Carvalho en los próximos años—; no solo por el epílogo de su primo, Miqui Otero; sino especialmente por todo lo demás. Las más de mil páginas de El día del Watusi son mejores en un solo libro que aprovecha el eco urbano de un delincuente para reescribir de forma muy particular la Transición y, por ende, la corrupción política tan patria. Casi nada. Su segunda parte, Viento y joyas, guarda una verdadera excelencia novelística. En cualquier caso, la omnipresente sensación de que Casavella era demasiado bueno para trazar una obra redonda —a mi juicio no la tuvo en toda su carrera— persiste en estas líneas sin diques de contención. Imperfecta, grandiosa y curiosamente precipitada en su final.

  1. La maldición de Lono, Hunter S. Thompson (Editorial Sexto Piso)

La constatación de que Hunter S. Thompson perdió el toque demasiado pronto. El autor es una filia personal, y la obra editada en 2016 por Sexto Piso evidencia por qué ahogó los últimos veinte años de su vida en la más absoluta sequía creativa. La narrativa vertiginosa de Hunter se muere con este retazo periodístico bizarro —en su acepción formal y coloquial— de una maratón en Honolulú. Con un claro paralelismo sobre el reportaje de encargo que se verá desbordado por el universo gonzo de Miedo y asco en Las Vegas, la estructura del texto es su mejor baza. Tanto que, en algún momento, el propio escritor debió tocar la luz verde de Gay Gatsby que siempre citó, estirando los dedos hacía el orgiástico futuro que se había quedado detrás de él diez años antes. La tragedia del Capitan Cook y la visión caleidoscópica del Hawái de principio de los ochenta se van cruzando en un texto que, sí, todavía tenía análisis sociológicos rutilantes entre secuencias narrativas de cuentarrevoluciones en rojo, pero no, ya no pertenecían a aquel escritor excelso. Que nunca volvió. Y por eso lo recomiendo.

José Manuel del Río.