abogado de oficioHoy quería hablar de varias cosas, concretamente de tres aspectos que en los últimos meses me han interesado. No sé si están relacionados, pero espero que en este artículo pueda interconectarlos sin que resulte demasiado lioso o lleve a digresiones innecesarias que dificulten la lectura. En primer lugar quería hacer mención de una serie de la HBO que me ha parecido una maravilla, se titula The Night Of y la protagoniza John Turturro. Sé que nos encontramos en una época en que ver series se ha convertido en una religión, en una actividad a la cual la clase media urbanita venida a menos le dedica una gran cantidad de horas. En ocasiones pienso que no se diferencia demasiado de matar tu tiempo jugando al Candy Crush o navegando por Instagram, pero se le reviste de una aureola cultural e intelectual, de «un asomarse a la verdadera naturaleza humana», que en mi opinión solo sirve para justificar que en realidad no es lo mismo ver Transformers que Stranger Things, cuando en realidad juegan en la misma liga. Pero me estoy desviando de lo realmente importante: solo quería escribir por primera vez en un artículo «Ojo, contiene spoilers». Aun así de entre todo el contenido audiovisual que hay en la red The Night Of merece la pena. Nos presenta a un abogado que subsiste en Nueva York cazando clientes en las comisarías durante el turno nocturno, que sufre para que los clientes le paguen y al cual le cae, casi sin quererlo, un caso de asesinato para el que el supuestamente no está preparado. La serie trata muchos temas interesantes, pero lo mejor es que por primera vez he visto en una serie como funciona realmente un juicio, como un pleito trata en el fondo de determinar la realidad, en otras palabras, de hallar la verdad, siendo quizás un juicio el lugar menos indicado para encontrarla y como todos los agentes involucrados, policías, fiscales, jueces, abogados o testigos, caminan a ciegas, pero actuando como si todos supieran donde está el interruptor de la luz. Pero hay otro aspecto que llamó mi atención y que la serie retrata muy acertadamente, se trata del «contagio criminal». No se trata de una enfermedad tropical, y la primera vez que oí ese concepto fue cuando estaba trabajando en un recurso de apelación para que un tipo no entrara en la cárcel. Consiste en una teoría que explica que en determinados delitos menores que llevan aparejadas breves estancias en la cárcel éstas no van a servir para que el preso no vuelva a cometer delitos, sino que entrará en contacto con delicuentes de muy diversas características convirtiendo, por tanto, a las cárceles en auténticas escuelas del crimen. Y es que hay algo que la gente suele olvidar: los delicuentes son necesarios. Se habla habitualmente de que el crimen se ha reducido, que este año ha habido menos delicuencia, pero es todo fachada, sino existieran criminales debería contratarse a gente para cometer delitos. El sistema no puede funcionar sin delicuentes.

Todos esta introducción era necesaria para explicar uno de los primeros casos que me tocaron cuando empezaba en el turno de oficio. Se trataba de un chico de unos 19 años del extrarradio barcelonés. La llamada que recibí del Colegio de Abogados me dijo que debía ir a una comisaría para atender una tentativa de homicidio. Se me pusieron de corbata: mi primer caso y tenía que tratararse de un homicidio. Maldije mi suerte y me dirigí hacia la comisaría. En la puerta me encontré a la madre del chico completamente alterada. La tranquilicé fingiendo que cada día tenía que lidiar con casos como el de sus hijo, en plan «¿Un asesinato? Esto lo soluciono yo con la punta del rabo». Finalmente hablé con el chico, no tenía demasiadas luces y estaba completamente acojonado. Me contó su historia: salía con una chica gitana y a los padres de la chica no les gustaba la relación. La familia se presentó en su casa y empezaron a agredirle, él se defendió y el padre de la chica acabo con la cabeza abierta asegurando que lo habían apuñalado. El juez se creyó esta versión y decretó prisión provisional. Y ahí empezó a gestarse el problema: un chico sin antecedentes y no demasiado inteligente entraba en la cárcel. Hay gente que me hablará de la responsabilidad individual y demás mandangas, o dirá frases como «somos lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros», pero con el tiempo me di cuenta de que ese chico había entrado en una escuela, en otras palabras, el estado le estaba pagando un curso a pensión completa para convertirse en delincuente, era la víctima perfecta, el mejor sujeto que se podía escoger, el ganador de un OT criminal. A medida que se acercaba el juicio y lo visitaba en la cárcel vi una transformación en el chico, ya no era tímido y apocado, sino que se mostraba más seguro e incluso me hablaba de cosas relacionadas con el juicio. Uno empezaba a notar esa sensación que se tiene a veces ante un determinado cliente, ese pensamiento de «tío, tarde o temprano, vas a acabar en la cárcel». Finalmente en el juicio pudo demostrarse que él tan solo se había defendido y que no había habido ninguna puñalada. Salió de la cárcel, pero ya no había vuelta atrás. Los amigos que hizo dentro de la cárcel siguieron siéndolo fuera. Su madre me llamaba de tanto en tanto, cuando tenía problemas con la justicia, para pedirme consejo y asesoría legal. A su hijo se le acumulaban los juicios. Un día me lo encontré en los juzgados, iba a declarar por un robo con violencia, recuerdo que le dije: «tienes que frenar, al final vas a acabar entrando». Al día siguiente mientras desayunaba y leía el periódico vi una foto de varios detenidos en una operación contra Los Latin Kings, en el centro de la instantánea aparecía él. El círculo se había cerrado, el trabajo estaba hecho, podíamos despedirnos hasta la próxima edición de OT.

Y por fin he llegado al último punto que quería abordar, el más breve, pero quizás el verdadero subtexto del artículo, hablar sobre lo que realmente trata un juicio, es sencillo, pero a la vez contundente: solo versa sobre un hecho en particular. No se quiere saber nada más, sino que sucedió exactamente en un día determinado, es decir, solo se trata de delimitar y acotar la verdad. No se va a discutir otras circunstancias, no se va a discutir que ha llevado a determinada persona a cometer determinados delitos, como ha llegado hasta allí, cuál ha sido y es su entorno, en que momento se torció, y mucho menos se va a plantear que circunstancias han rodeado su vida y que importancia tuvo en la vida de un chico de 19 años sin demasiadas luces la entrada en prisión provisional por algo que no había cometido. Echaremos balones fuera y pensaremos que todos somos responsables de nuestros actos. Hágase justicia y que pase el siguiente.abogado de oficio