vinylLos guiones de las series tienen un paralelismo comercial evidente con la narrativa de los libros. Pocos conjugan calidad y éxito económico, y de los escasos que lo hacen son todavía menos los que no se permiten licencias al mainstream. Una serie que no vio nadie y han tenido que pasar años hasta su reconocimiento: The Wire. Una serie que vio todo el planeta y habrán de pasar años hasta su desprestigio: Breaking Bad. Por cierto, analizada en este blog aquí.

Rojo sobre blanco se ha de meter en la edad de oro de la televisión con la aparición de las que yo llamo, con el inestimable apoyo de David Simon, novelas visuales. En tal contexto hace un año y medio llegaban rumores de que Scorsese preparaba una serie sobre Los Ramones, así como suena. Sin ambages. Recuerdo hacerme eco en la red social y escribir «crucemos los dedos». Aquel rumor se transformó en Vinyl, el drama de seis temporadas que lleva años buscando desesperada Home Box Office para afianzar la marca de supuesta calidad de Warner, un tanto castigada con el fenómeno fan de Juego de Tronos y directamente denostada con otras producciones como Girls, Silicon Valley o Ballers. En lo que más nos concierne, las letras, Terence Winter sería el escritor. Un tipo que estuvo en Los Soprano y, sobre todo, Boardwalk Empire era una aparente garantía. Y creo que no ha dejado de serlo a pesar de que el programa haya sido cortado tras terminar la primera temporada y el guionista despedido unas cuantas semanas antes de la noticia. Lo primero a señalar, esta puede ser la mejor cabecera que he visto nunca.

De nuevo, nadie seguía la serie. Y de nuevo, esa legión de críticos pagados por los periódicos para destripar a los creadores se cebó con el producto. Curiosamente, los ignorantes como yo le dieron buenas notas en sus insignificantes reseñas y hasta se están firmando iniciativas en change.org para que Netflix compre los derechos. «Es como ver Mad men otra vez»; «nadie quiere a un adicto»; «Bobby sobreactúa»; «David Bowie sale mal caracterizado»; «no hace falta un asesinato como trama paralela»; y «se han olvidado de la música». Esto es lo que he sacado en claro de los análisis de los ilustrados en rotativos norteamericanos. Y, ojo, bastante menos numerosos de lo que HBO quiso justificarse en la intimidad. Porque la serie era sobradamente interesante y salvable de los no tan graves problemas que sufría.

El guión no tiene un solo defecto en cuanto a dialéctica entre los personajes. Podría adolecer de algunos en el arco narrativo de las subtramas, pero pocas veces se clavan las frases en el momento exacto como en Vinyl. Que los críticos se cansasen de ver a Richie Finestra metiéndose rayas dice mucho de su amplitud de miras. Precisamente es el primer adicto funcional con el que puedes conectar tras —adivinen quién hizo el guión— Di Caprio en El Lobo de Wall Street. Richi colocado es tan apolíneo como dionisiaco, y aguanta la verborrea sin fisuras en los nueve únicos episodios de una hora más el notable piloto de dos con un personaje histriónico, que no cargante. ¿No querían rock and roll? Hasta a su lado Ray Romano es mejor y nadie va a reconocerlo. Dando la razón a esos críticos del New Yorker, no cabe duda de que Johnny Thunders y Alice Cooper no fueron muy bien reproducidos, aunque sigo sin entender esa inquina con un Bowie olvidable para lo bueno y lo malo. Pero ¿Robert Plant?, ¿la conversación con el Elvis Presley de Las Vegas? Tan solo por el capítulo The King and I la serie merece la pena. Sin ser un spoiler, porque sucede en la primera hora, asumamos que el asesinato semejaba innecesario para desarrollar el mundo del hampa que tanto domina Terence Winter, y que lo podía haber liquidado con la necesidad del prestamista para American Century. Sin embargo, los diez minutos de secuencia son sobresalientes.

Y ya vamos con el Caballo de Troya que enardeció a los eruditos de lengua viperina: «La serie tenía que ser sobre la música». Bien, no se verá nunca tanta música en un programa no musical como en este. Los clips que hacían de transición no eran todos sensacionales, pero sí unos cuantos quedaban en la retina. Por lo demás han sonado desde Elvis Costello hasta Death. Que alguien me explique si eso no abarca un suficiente espectro de música para que todo el mundo se encuentre cómodo. Además, nos cortan en una segunda temporada que iba a gravitar sobre dos ejes: el punk y la música disco. Las últimas imágenes nos dejaron fugazmente a Joey Ramone y a un camarero diciendo que iba a poner CBGB de nombre a su bar. Casi nada en el tintero. «Pero no va sobre música», para los haters va sobre el drama familiar que se esquiva de soslayo en cada capítulo. Y yo hasta pensaba que tenía un cierto sentido que familia y rock and roll no casasen del todo bien. Al final, la concesión comercial para el gran público fue el gran problema.

En realidad, lo peor era el protopunk del hijo de Jagger y su estúpida no historia de amor con la secretaria metida a influencer. De hecho, si me apunto a la teoría de la conspiranoia, Vinyl ha desaparecido por tener treinta productores diferentes y al retoño del más importante haciendo un papel mediocre con música todavía más mediocre en esos arpegios que soltaba con sus Nasty Bits. Bien pensado, puede que lo más mediocre fuese el nombre de la banda.

¿El CBGB? Pues el antro de referencia para muchos de los que nos criamos con la música de los que pasaban por allí en los ochenta. Odien Vinyl si quieren; dejen la leyenda impoluta.

José Manuel del Río